A comienzos de esta semana, la prensa del país dirigió momentáneamente su atención al tema del machismo en el mundo político. En varios artículos bajo el tema de portada, Gritos de mujeres: Censuran el trato machista que reciben de los hombres en la arena política, (El Nuevo Día, 17 sept 2007), senadoras y representantes en la legislatura de Puerto Rico hicieron expresión de los obstáculos que, como mujeres, han confrontado y todavía confrontan, aun dentro de sus propios partidos. Hablan de los prejuicios, los insultos y la falta de respeto a que son sometidas, y señalan como les toca “hacer cuatro veces más el trabajo de un hombre.”
Al día siguiente, El Nuevo Día publicó una reacción de líderes de los cuatro partidos. En su reportaje, Educación para paliar el machismo, éstos—hombres todos—coinciden que “educar para romper las barreras del machismo es lo que se debe hacer para que las mujeres encuentren un espacio en el mundo político.” Según el artículo, Juan Dalmau (PIP) afirma que hay que fomentar “un ambiente de igualdad y respeto entre los géneros en el sistema de Educación,” pero no establecer una cuota de participación para las mujeres. La posición de Charlie Rodríguez (PNP) es que hay “concienciar al pueblo para eliminar el machismo en la sociedad.” Por su parte, Rogelio Figueroa (PPR) “opina que los cambios que ocurren en la política le abrirá más espacio a las mujeres,” pero que las mujeres “no son la únicas discriminadas.” Mientras tanto, Luis Dalmau (PPD) sostuvo que aunque el machismo existe en Puerto Rico, “no ha sido obstáculo para que muchas mujeres tengan puestos importantes.”
Es interesante ver que, aunque todos aceptan la existencia del machismo, ninguno asume la responsabilidad ni el compromiso de examinarlo dentro de su colectividad. Simplemente despachan el asunto como problema sistémico y de la sociedad en general, lo cual es muy cierto, pero no como algo que puede y debe ser atendido por sus respectivos partidos. Tampoco ninguno plantea, como plataforma de partido, el objetivo de “concienciar al pueblo…” hacia la erradicación del sexismo. Pero, claro, el esperar tal conducta de estos líderes es como esperar que las personas blancas, de pronto, acepten responsabilidad por el racismo, que la clase adueñada voluntariamente relegue sus privilegios relativo a las clases trabajadoras y pobres, o que el gobierno estadounidense resuelva unilateralmente el problema colonial de Puerto Rico.
No es de extrañarse que estos hombres hayan respondido así. Como hombres, somos criados para vernos como más fuertes, pensarnos más inteligentes, creernos más merecedores, y sentirnos superiores a las mujeres. Se nos socializa a pensar que eso es así: eso es lo normal, lo natural y está de acuerdo al plan de Dios (quien, en nuestra cultura, también es macho). Por lo tanto, este sentido de superioridad que internalizamos, nos hace creernos con el derecho natural de ser los que definamos los problemas y de ser los predestinados a buscar sus soluciones. La ideología de la supremacía masculina es tan dominante que hasta muchas mujeres—criadas y socializadas en la misma cultura machista—internalizan estas percepciones, ideas, valores, sentimientos y conductas sexistas que implican y requieren su subordinación personal y colectiva.
Lo que resulta ser particularmente preocupante es saber que el machismo, como legado cultural, persiste aun dentro de nuestros movimientos de liberación y de transformación social. Es preocupante que, dada nuestra larga historia de lucha, no haya mayor evidencia de un análisis claro, comprensivo y coherente de la opresión en todas sus formas. Porque el que se pueda entender la relación opresiva entre el imperio y la colonia, o la relación de explotación entre los ricos y las clases trabajadora y pobre, pero no entender la relación de poder entre hombres y mujeres (ni, por cierto, entre personas blancas y personas negras, o heterosexuales y homosexuales, y otras identidades sociales importantes) es síntoma de una conciencia crítica incompleta e inconclusa.
Más grave aun: esta falta de conciencia crítica integral va a la raíz de la poca efectividad de nuestras luchas hacia el logro de nuestras metas, entre ella, la de la liberación nacional. Pues, ¿cómo podremos lograr nuestra liberación nacional si no logramos percibir, reconocer, entender y trascender las opresiones entre nosotr@s ni internamente en nosotr@s mism@s? Después de todo, ¿quién es la nación puertorriqueña? No qué: ¿quién? Porque, entiendo yo, las islas de Puerto Rico comprenden el territorio nacional, pero “la nación puertorriqueña” somos nosotros y nosotras: los hombres y las mujeres que vivimos y compartimos ideas, valores, creencias, actitudes, sentimientos y experiencias en el contexto de una historia común de opresión y de resistencia.
Por lo tanto, cuando las mujeres de la lucha dicen que el machismo vive y se propaga en nuestro movimiento, ¿por qué no creerles? ¿Por qué no hacerles caso? ¿Por qué no detenernos un momento y examinar ese impulso automático de tener que defendernos, de explicarnos, de justificarnos? ¿Por qué no resistir esa tendencia a negar o minimizar su impacto negativo, o peor, de ridiculizar, humillar y amenazar a la que se atreva a levantar su voz de protesta? ¿Qué nos costaría callarnos un momentito y reconocer el dolor en nuestras compañeras tras el impacto cumulativo de nuestra acciones (en calidad personal y como miembro del colectivo “hombre”)? ¿Qué nos costaría reflexionar sobre cómo, sí, todos fuimos criados a ser sexistas por nuestras familias, adiestramiento reforzado por la comunidad, la escuela, la iglesia, los medios y todas las demás instituciones culturales, sociales, económicas y políticas en lo que es ser “verdaderos” hombres y mujeres en nuestra sociedad? ¿Qué nos costaría pedir disculpas por el impacto de nuestras ofensas, sin ampararnos en nuestra inconciencia y nuestras buenas intenciones?
También podríamos preguntarnos: ¿Cuál sería el beneficio—a nosotros y a nuestros movimientos—si los hombres nos comprometiéramos a examinar, a transformar y a liberarnos de nuestro sexismo y sentido de superioridad masculina internalizada con el mismo vigor y rigor con que intentamos liberarnos de nuestra conciencia colonizada? ¿No crees tú, hermano, que serías una mejor persona, un mejor padre y compañero, un organizador más efectivo, un líder y un patriota más capaz? ¿No crees tú que este movimiento tendría más probabilidades de aunar fuerzas, de atraer a gente nueva quienes también aspiran a la verdadera y plena libertad y no a una mera soberanía política con la misma libertad de seguirnos oprimiendo entre nosotr@s mism@s?
Romper con estos patrones psicológicos, sociales y culturales no es cosa fácil. Romperlos y sustituirlos con patrones liberadores requiere conciencia, voluntad y comunidad de lucha. Pero creo que es posible. Creo que es posible porque sé que esta transformación profunda, radical, es necesaria. Nuestra liberación—la de hombres y mujeres de nuestra nación—la exige.
Raúl Quiñones Rosado