Ya ha pasado un mes desde mi viaje a Estambul, Turquía. Allí participé de una reunión de “practicantes integrales,” personas dedicadas a diferentes aspectos de desarrollo humano en comunidades en países alrededor del mundo desde la perspectiva de la teoría integral según Ken Wilber. Allí conocí a personas de El Salvador, Chile, Brazil, Etiopía, Sudáfrica, Finlandia, Noruega, Portugal, Inglaterra, Italia, Siria, Canadá, los Estados Unidos y, por supuesto, de Turquía. Entre éstas estaba una integrante del comité internacional de las Naciones Unidas ganador del Premio Nobel de la Paz 2007 por su trabajo colectivo sobre el calentamiento global; una sacerdote budista que facilitó un fascinante proceso de “Big Mind/Big Heart” (que explicaré en otro momento o en algún taller); un compañero hondureño quien trabaja en el Centro Bartolomé de las Casas en El Salvador, entre otras cosas, creando conciencia sobre masculinidades; varias personas haciendo trabajo de desarrollo económico sustentable en África, Perú y el Medio Oriente; y un grupo de estudiantes de psicología transpersonal e integral.
A invitación de Gail Hochachka, una de las organizadoras de este encuentro “Integral Without Borders” (Integral Sin Fronteras), ofrecí una presentación sobre “conciencia-en-acción” y el enfoque integral del trabajo de ilé. Ésta fue muy bién recibida. Varios participantes comentaron lo mucho que apreciaron ver, finalmente, la inclusión de un análisis de poder y una discusión sobre identidades sociales y dinámicas de opresión en el contexto de la teoría integral, que siendo tan abarcadora, ya le hacía falta ese aspecto. Precisamente. Quise comunicar, en alguna medida, lo imprescindible que es dirigirse a estos temas dentro de una comunidad de practicantes de desarrollo integral y de gestores de transformaciones sociales. Pude por lo menos comenzar un diálogo sobre lo clave que es utilizar los conocimientos abarcadores y las perspectivas múltiples y amplias de la teoría integral para atender el gran problema de la reactividad, generada en el contexto de la opresión, que causa la fragmentación entre personas, grupos, pueblos y hasta movimientos para el cambio.
Y, por supuesto, el estar en una ciudad tan antigua como Estambul, aunque con elementos del mundo moderno—el tren, los autos, la Internet— fue maravilloso. No me molestó en lo absoluto el despertar cada día a las cinco de la mañana al canto del “llamado a la oración,” el primero de cinco llamados diarios, que resuena por la ciudad—y por todo el país—señalando al pueblo musulmán el momento para dirigir su rostro hacia la Mecca y sus oraciones a Alá. Fue un placer, por lo general, tratar con los mercaderes, conocedores de varios idiomas y culturas. Espero poder visitar más de ese mundo euro-asiático, particularmente si es en tan buena compañía como las de mis colegas y nuevos amigos de la comunidad de transformadores integrales.